15 junio 2017

La Palmada, un cuento en Santay de Felipe de la Cuadra Moreira

Felipe de la Cuadra Moreira escribió el libro "Historias tenebrosas de Guayaquil antiguo" también Subtulado como "Espectros, entierros y asesinatos". Fue publicado en 2004 por el fondo Proyecto de Rescate Editorial de la Biblioteca Municipal de Santiago de Guayaquil. Dentro del mismo figura el siguiente cuento ambientado entre 1927 y 1931 en la Hacienda "La Pradera Chica" de la Isla Santay, como lo cita el mismo autor.
Este sitio web es no-comercial y de difusión para el mejor conocimiento del Humedal Isla Santay, de su historia y su cultura.




LA PALMADA 
Hacienda "La Pradera Chica"
Isla Santay 1927-1931


Era la época en que los dueños de las hacienda de la Isla Santay vivían al mismo tiempo en las mismas y cruzaban desde Guayaquil en canoas, pero canoas de guachapelí y con 8 a 9 metros de eslora y 1.20 de manga, bien planas para poder navegar sin temor a quedarse atascadas en los bajos de arena o lodo del río.

Muchos mantenían sus canoas cuidadas por el guardián de los diferentes muelles y algunos en las balsas del mercado Sur o en el Guayaquil Yacht Club.

Mi abuelo era entonces el dueño de "La Pradera Chica", quedaba frente al Guayaquil Yacht Club y el muelle del ferrocarril a Duran.

Nunca podré olvidarme de esa casa de hacienda, era inmensa. Llegabas al estero que entraba a la casa de hacienda que daba el frente a Guayaquil y amarrabas la canoa o lancha en un pequeño muelle, de Allí por un camino de piedra unos 3,50 de ancho por 40 metros arribaba hasta el portal de la escalera. Subías la misma y te encontrabas en un corredor de 3 metros de ancho que te llevaba a los dormitorios al frente del río, eran 7 dormitorios, que más parecían salas de baile, y en la parte de  atrás al este, un gran comedor frente a la escalera, una cocina a la izquierda y la despensa y el guardafrío a la derecha, dos servicios y cinco cuartos para los empleados. Ese tipo de casa de hacienda ya no se encuentra, ha desaparecido debido al alto costo de construcción en madera, con un tumbado de unos seis metros en los aleros y ocho a la viga del centro. Se ponían de ocho a diez hamacas en la planta baja y era el centro de reunión en las tardes o en las noches a jugar barajas (el rummy y el cuarenta). Del lado del norte abajo estaban las habitaciones del administrador y el cuarto de las monturas, junto a otro donde se guardaba todo el equipo de ordeno.

El viento fuerte del río traía un fresco increíble, sano y saludable, y hasta allí en ciertas noches se olía el aguardiente que destilaban en Duran. Mi abuelo pasaba siempre allí los fines de semana y se quedaba tres o cuatro días, muchas veces acompañado de sus hijas y su hermano Clodoveo, y con el viajaban sus compadres Rafaél y Jorge. Era una casa feliz, llena de mi madre y sus hermanas y hermanos, que eran por todo siete, más sus amigos.

Lo que les describo no es producto de mi imaginación, sino lo que mi madre y mi abuelo me contaron, corroborado por mis tíos. De un momento a otro se comenzó a oír entre las 5 o 7 a.m. un golpe seco como cuando se golpea con la mano abierta sobre el escritorio o una mesa. seco y fuerte, que se podía oír en toda la casa, no tenía un lugar fijo, podía ser en la cocina o en la despensa como en un dormitorio o en la escalera.

Lo continuo e  inexplicable del ruido creó un nerviosismo natural entre todos, y Ia familia dejo de ir tan a menudo, no así mi abuelo y su hermano que nunca fallaban.

Un domingo a las 6 a.m. mí abuelo y su hermano estaban tomando desayuno, lo típico, café con leche, verde asado con queso. En eso mi tío abuelo Clodoveo sin pensarlo dice: Oiga hermano, no se ha oído la "palmada", que sucede, se quedó dormido el muerto.

En ese instante encima de la mesa entre los dos sonó la palmada, en la forma más horrible, seca y ruidosa, que la cocinera y la muchacha salieron a ver que sucedía pues los platos y cubiertos saltaron en el aire. Es obvio que nunca más mencionaron la palmada. Especialmente entre las 5 a 7 a.m., so pena de pasar un tremendo susto.

No recuerdo cuanto tiempo duro aquello, pero mi madre se casó y ella adoraba su hacienda. Comenzó a llevarnos a mi hermana y a mí a pasar día o semanas en ella. Lo raro es que nunca sonó la palmada desde que mi madre nos llevó por primera vez y en la misma forma que se presentó desapareció. Esa casa venía siendo de la familia por muchos años desde la época de mi tatarabuelo. Decía mi madre que quizás los niños hicieron desaparecer la palmada.

Autor: Ing. Felipe de la Cuadra Moreira 

Imagen: Casa de la hacienda La Florencia, Propiedad de los Sucesores de Don Tomas Rolando, extraída del Libro "Ecuador en Chicago" Diario de Avisos publicado en 1984 como resumen de lo que Ecuador presentó en la Exposición Universal de Chicago en 1893