El prolongado cierre del
acceso turístico ha demostrado hasta qué punto la isla depende de una
conectividad segura y permanente. La reducción de visitantes afecta
directamente a las familias vinculadas al turismo, la gastronomía, los
servicios y las actividades comunitarias. También limita proyectos educativos,
culturales y ambientales que necesitan mantener un contacto constante entre
Santay y la ciudad.
Y no es justo.
No es justo para una comunidad que sigue viviendo allí todos los días. No es justo para quienes han construido durante años actividades relacionadas con el turismo, la educación ambiental y la conservación. Tampoco lo es para una ciudad que tiene, a pocos minutos de su centro urbano, un humedal de enorme valor ambiental, cultural y humano.
El problema no debe
reducirse al turismo. Para quienes viven en la isla, entrar y salir forma parte
de la vida cotidiana. El acceso condiciona oportunidades de estudio, trabajo,
abastecimiento, atención de necesidades familiares y participación en actividades
fuera de la comunidad. Cuando la movilidad se vuelve difícil, costosa o
incierta, la insularidad deja de ser únicamente una característica geográfica y
comienza a convertirse en una desventaja.
Por eso, reparar una
infraestructura dañada no debería entenderse como una intervención aislada. El
acceso a Santay necesita pensarse como parte de una política de largo plazo que
contemple mantenimiento, seguridad, alternativas de movilidad y responsabilidades
institucionales claramente definidas. No basta con reaccionar cada vez que
ocurre una emergencia; es necesario garantizar que la conexión pueda sostenerse
en el tiempo.
También existe una
contradicción evidente: se reconoce a Santay por su enorme valor ambiental, se
promueve su conservación y se habla de turismo sostenible, educación ambiental
y desarrollo comunitario, pero nada de eso puede consolidarse si el territorio
permanece expuesto a largos periodos de aislamiento.
Santay necesita que el
acceso deje de verse únicamente como una obra de infraestructura y sea
entendido como lo que realmente es: una condición fundamental para su
desarrollo sostenible y para mantener viva su relación con Guayaquil.
Santay no se acabó.
Santay no puede convertirse en un lugar olvidado.
Sigue allí, sigue
habitada y sigue esperando que volvamos a mirarla como parte de nuestro
presente y de nuestro futuro.
José Delgado Mendoza, Gestor Cultural y Ambiental, Director del Observatorio de Santay
Este contenido ha sido publicado originalmente por EL COMERCIO.


















