Incluso en el Ecuador
existen áreas protegidas donde la presencia humana forma parte de la realidad
territorial, como ocurre parcialmente en las Islas Galápagos. Esto recuerda que
conservar no siempre significa excluir a las comunidades, sino gestionar de
manera responsable la convivencia entre naturaleza, población y actividades
humanas.
La Isla Santay es también
uno de esos casos.
Frente a Guayaquil, este
humedal ha sido durante generaciones espacio de vivienda, pesca, agricultura,
navegación y relación cotidiana con el río. Su biodiversidad convive con una
comunidad que ha desarrollado formas propias de adaptación y permanencia dentro
del humedal.
Comprender Santay
únicamente desde la conservación ambiental sería mirar solamente una parte de
su realidad. Santay es también un territorio socioambiental habitado, donde los
desafíos de educación, movilidad, turismo, conectividad y desarrollo comunitario
forman parte de la gestión misma del humedal.
Esa condición convierte a
Santay en un espacio particularmente complejo y valioso. Aquí la gobernanza no
consiste únicamente en proteger ecosistemas, sino también en construir acuerdos
que permitan equilibrar conservación y vida comunitaria.
Los niños y jóvenes que
cruzan diariamente hacia sus escuelas y colegios, los habitantes que han visto
afectada su actividad turística por el cierre del acceso peatonal desde hace ya
28 semanas, los guardaparques, los visitantes y las iniciativas culturales
forman parte de una misma realidad territorial que necesita ser entendida de
manera integral. La falta de información clara sobre cuándo y cómo se
realizarán las reparaciones necesarias para recuperar la infraestructura de
acceso también forma parte de ese desafío de gobernanza.
Uno podría pensar que el
silencio institucional responde a trabajos que aún se encuentran en
planificación y que pronto serán anunciados. Pero también surge la inquietud de
que la falta prolongada de información y decisiones concretas termine
convirtiéndose en una forma de inacción con consecuencias cada vez más graves
para el humedal y su comunidad.
A veces surge una
pregunta incómoda: si para algunas entidades públicas la comunidad de Santay
parece estar de más. Sin embargo, una de las razones por las que este humedal
conserva condiciones ambientales excepcionales es precisamente el respeto y la
relación histórica que sus habitantes han mantenido con el territorio.
Conviene recordar que,
cuando la isla fue reconocida como Humedal de Importancia Internacional bajo la
Convención Ramsar en el año 2000 y posteriormente declarada área protegida en
2010, tanto los organismos internacionales como las autoridades ecuatorianas
conocían plenamente la existencia de una población local que vivía allí desde
hacía generaciones. Santay no fue declarada importante a pesar de su comunidad,
sino también con ella presente.
En tiempos donde muchas
ciudades buscan reconectarse con sus ríos y humedales, Santay ofrece una
oportunidad para reflexionar sobre nuevas formas de convivencia entre
naturaleza y sociedad.
Proteger un humedal
habitado significa entonces algo más profundo que conservar paisajes. Significa
también cuidar las relaciones humanas, culturales e históricas que permiten que
ese territorio continúe vivo.
José Delgado Mendoza, Gestor Cultural y Ambiental, Director del Observatorio de Santay
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