Hay que creer en Santay porque no es solamente una isla frente a Guayaquil y Durán. Es un territorio vivo, habitado, con memoria, con familias, con niños, con escuela, con trabajo comunitario y con una relación profunda entre la gente, el río y el humedal.
Hay que creer en Santay porque su comunidad ha demostrado, durante décadas, que vivir en un área protegida no significa ser un problema para la conservación, sino parte de su sentido más humano. Allí se ha enseñado, cuidado, resistido y construido mucho más de lo que muchas veces se reconoce desde lejos.Hay que creer en su escuela. Después de 26 años de esfuerzo comunitario,
Santay pudo haber tenido ya un colegio, mejores condiciones, electricidad,
internet y más oportunidades para sus niños y jóvenes. Sin embargo, las
promesas han sido muchas y las respuestas concretas demasiado pocas. No se
puede seguir ofreciendo el oro y el moro mientras necesidades básicas siguen
esperando solución.
Hay que creer en sus niños y jóvenes, que siguen estudiando y creciendo a
pesar de las dificultades que una escuela sin electricidad ni internet puede
generar en estos tiempos. Esa realidad no debería ser normal, mucho menos en un
territorio de tanta importancia ambiental y social.
Hay que creer en su población, porque cree en su propia fortaleza y en su
solidaridad comunitaria. Cuando las respuestas institucionales han llegado
tarde, incompletas o simplemente no han llegado, la comunidad ha intentado
sostener su vida cotidiana, su educación, su turismo comunitario y su dignidad
con lo poco que tiene.
Hay que creer también en la posibilidad de que la cooperación internacional
ponga sus ojos en esta isla y responda a sus necesidades. No como caridad ni
como ayuda humanitaria, sino como una oportunidad para construir alianzas
serias, transparentes y sostenidas en educación, conservación, restauración,
seguridad, turismo comunitario y fortalecimiento organizativo.
También hay que creer en la posibilidad de que el aparato administrativo
encargado de las áreas protegidas deje de mirar casi exclusivamente hacia
Galápagos y ponga atención al resto del Sistema Nacional de Áreas Protegidas.
Ecuador tiene otros territorios valiosos, frágiles y habitados que también
necesitan presupuesto, presencia institucional, asistencia técnica y decisiones
oportunas.
Santay necesita apoyo. Su organización comunitaria debe fortalecerse con
capacitación, acompañamiento y ejemplo. Ningún proceso comunitario se sostiene
únicamente con buena voluntad. Hace falta planificación, cooperación, liderazgo
local, instituciones responsables y una mirada de largo plazo.
Hay que creer en Santay, pero también hay que preguntarse cómo sostener esa
confianza cuando, teniendo la isla un muelle de llegada, Guayaquil no cuenta
con un muelle de partida dedicado y funcional para su turismo fluvial. Santay
necesita accesos seguros también desde Durán, pero ante todo requiere una
conexión fluvial digna desde Guayaquil, coherente con su historia, su ubicación
y su vocación turística.
Hay que creer en Santay porque su historia demuestra que la conservación no
se hace solamente con decretos, discursos o reconocimientos internacionales. Se
hace también con mantenimiento, presencia, seguridad, educación, respeto y
decisiones públicas responsables. Un humedal habitado necesita instituciones
que escuchen, que actúen y que comprendan que detrás de cada obra abandonada
hay personas que cargan con sus consecuencias.
No se puede tratar a Santay como un asunto secundario. No puede ser normal
que una comunidad ubicada a pocos cientos de metros de dos de las ciudades más
importantes del país deba esperar indefinidamente por soluciones básicas. No
puede ser normal que una obra pública, creada para conectar y beneficiar,
termine convirtiéndose en una carga para quienes debía servir.
Creer en Santay no es idealizarla. Es reconocer sus problemas, sus
necesidades y también su enorme valor. Es entender que su comunidad no pide
privilegios, sino respuestas concretas, seguridad, acceso digno, educación,
conectividad y respeto por su derecho a vivir y trabajar en su territorio.
Hay que creer en Santay porque todavía es posible corregir lo que se ha
hecho mal. Porque aún se puede reparar, coordinar, informar, cooperar y actuar.
Porque el abandono no puede ser el destino de un humedal de importancia
internacional ni de la comunidad que lo habita.
Santay ha esperado demasiado. Y cuando una comunidad sigue creyendo en su
territorio, el Estado no tiene derecho a seguir fallando.
José Delgado Mendoza, Gestor Cultural y Ambiental, director del Observatorio de Santay
Este contenido ha sido publicado originalmente por EL COMERCIO. https://www.elcomercio.com/cartas/cartas-a-quito-10-de-julio-de-2026/











