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21 abril 2026

Día de la Tierra en Santay: Segunda semana del Curso Vacacional “Pequeños Guardianes del Humedal”

Isla Santay, 21 de abril de 2026


En el marco del Día de la Tierra, este 21 de abril se presenta como una valiosa oportunidad para reafirmar el compromiso de Santi, el guardián del humedal, y de todos los participantes del curso vacacional Pequeños Guardianes del Humedal, con el cuidado y la protección de la isla Santay.

La segunda semana del curso se desarrolló con una participación activa y entusiasta de niños y niñas de la comunidad, consolidando este espacio como un entorno de aprendizaje, convivencia y conexión directa con su territorio.


Bajo la organización y conducción de la tutora del curso, Fabiana Achiote, se llevaron a cabo diversas actividades educativas, recreativas y de sensibilización ambiental, promoviendo el trabajo en equipo, la creatividad y el fortalecimiento del sentido de pertenencia hacia el humedal.

Uno de los momentos más relevantes fue la charla sobre la fauna del humedal Santay, impartida por Iralda Cirino, del Programa de Manejo de Biodiversidad del Ministerio de Ambiente y Energía, a quien extendemos un especial agradecimiento por compartir sus conocimientos y acercar a los niños a la riqueza natural de su entorno.

Asimismo, esta semana contó con el valioso apoyo logístico de la guardaparque Diana Otero, así como de las pasantes Andreina Orellana y Belén Rodríguez, estudiantes de la Universidad Estatal de Milagro, cuyo compromiso y acompañamiento fueron fundamentales para el desarrollo de las actividades.

Un aspecto especialmente significativo fue la entrega de regalos y premios donados por la administración del Área Nacional de Recreación Isla Santay, los cuales generaron gran entusiasmo entre los niños y niñas, fortaleciendo su motivación y su vínculo positivo con las actividades y con el entorno protegido.

Las dinámicas desarrolladas —incluyendo juegos, actividades de pintura, espacios de intercambio y jornadas junto a los guardaparques— fueron altamente valoradas por los participantes, quienes destacaron especialmente la oportunidad de compartir, aprender y disfrutar en grupo. De manera recurrente, manifestaron su deseo de prolongar las jornadas, lo que evidencia el impacto positivo del curso en su bienestar y motivación.

En términos generales, esta segunda semana no solo fortaleció conocimientos sobre el humedal, sino que también reafirmó valores fundamentales como el respeto por la naturaleza, la convivencia y el compromiso con el cuidado de Santay como un verdadero humedal habitado.




07 abril 2026

Pequeños Guardianes del Humedal: sembrando futuro desde Santay


“Pequeños Guardianes del Humedal” es, en esencia, una apuesta a largo plazo.




En la Isla Santay, donde el río y la vida se entrelazan cada día, está ocurriendo algo profundamente esperanzador: niños y jóvenes de la comunidad están descubriendo, con sus propias manos y miradas, el valor de su territorio.


El curso vacacional “Pequeños Guardianes del Humedal”, impulsado por el Observatorio de Santay, no es solo una actividad recreativa. Es una experiencia formativa que busca despertar conciencia, identidad y compromiso con este humedal vivo y habitado.

🐾 Aprender desde el territorio

A través de dinámicas participativas, recorridos, juegos y actividades creativas, los niños se acercan a los elementos esenciales de Santay:

  • El agua, como fuente de vida
  • La fauna, como riqueza que debemos proteger
  • El territorio, como espacio compartido entre naturaleza y comunidad



Y en medio de esta aventura aparece Santi, el oso hormiguero de Santay, quien se ha convertido en el guía simbólico del programa. A través de él, los niños conectan con mensajes clave sobre el cuidado del humedal, pero también con algo más profundo: el orgullo de pertenecer a este lugar.

🎓Aprender Haciendo

El enfoque del curso es claro: aprender haciendo.

Cada fin de semana se desarrollan actividades prácticas cuyos resultados son presentados y compartidos los días lunes. Esto no solo refuerza el aprendizaje, sino que permite a los niños expresarse, reflexionar y construir conocimiento desde su propia experiencia.

Aquí no hay espectadores. Todos son protagonistas.




🤝 Una iniciativa con raíces comunitarias

El curso cuenta con el valioso apoyo de los guardaparques del Área Nacional de Recreación Isla Santay, así como con la tutoría de Fabiana Achiote, maestra comunitaria de la escuela de la isla.

Esta articulación entre comunidad, educación y conservación refleja justamente lo que Santay necesita: procesos construidos desde dentro, con su gente, para su futuro.

🌱 Más que un curso, una siembra

Porque cuidar Santay no empieza con grandes proyectos, sino con pequeñas acciones… con niños que entienden su entorno, que lo valoran y que, poco a poco, se convierten en sus mejores defensores.

Desde el Observatorio de Santay creemos firmemente en esto:
no hay conservación posible sin comunidad, y no hay comunidad sostenible sin educación.

Hoy, en cada dibujo, en cada recorrido, en cada historia compartida, se está sembrando algo que va mucho más allá de un curso vacacional.

Se está sembrando futuro.














24 diciembre 2025

Navidad en el Humedal Santay: cuando la memoria nos vuelve a reunir





La última exposición presentada en el Observatorio de Santay, “Navidad en el Humedal Santay: recuerdos que nos unen”, fue mucho más que una muestra fotográfica. Se convirtió en un espacio de encuentro con la memoria comunitaria, donde el pasado reciente volvió a hacerse presente a través de imágenes, gestos y emociones compartidas.

A partir de una selección de fotografías de las Navidades vividas en Santay durante los últimos 25 años, especialmente aquellas vinculadas a la escuela Jaime Roldós, la exposición invitó a mirar atrás para reconocernos en lo que somos hoy. 

La memoria como objetivo

Uno de los objetivos fundamentales del Observatorio de Santay es difundir y promover la memoria comunitaria como parte esencial del cuidado del humedal y de la identidad de la isla. Esta exposición permitió materializar ese objetivo de forma sencilla y profunda: poner las imágenes al alcance de la comunidad y dejar que la memoria haga su trabajo. 


Las fotografías no explicaban, sugerían. No imponían un relato, abrían preguntas.

Curiosidad, risas y reconocimiento

Durante el recorrido, niños y jóvenes se detuvieron frente a las imágenes buscando reconocer rostros familiares: padres, madres, abuelos, hermanos, maestros, vecinos. Las miradas atentas dieron paso a las risas, a la sorpresa y al comentario espontáneo:

“Ese es mi papá.”
“Mira, ahí está mi abuela.”

En ese ejercicio simple y natural, la exposición logró despertar la curiosidad y, con ella, generar un sentimiento de pertenencia. Reconocerse en una fotografía antigua es también reconocerse como parte de una historia común.




La escuela como corazón de la isla

La escuela Jaime Roldós apareció una y otra vez en las imágenes: como espacio físico, como lugar de celebración y como punto de encuentro entre generaciones. Las Navidades en Santay, sencillas y compartidas, revelaron el papel central de la escuela en la construcción de comunidad y memoria.




El Observatorio como espacio vivo

Esta exposición reafirmó al Observatorio de Santay como un espacio vivo, donde la cultura, la educación y la memoria dialogan con el humedal y con quienes lo habitan. Más que mostrar fotografías, el Observatorio activó recuerdos, provocó conversaciones y fortaleció vínculos.

Recordar para pertenecer

La experiencia dejó una certeza clara: la memoria no es solo pasado, es una herramienta para comprender el presente y proyectar el futuro. Al recordar juntos, la comunidad de Santay reafirma su identidad y su relación con el territorio.

“Navidad en el Humedal Santay: recuerdos que nos unen” fue, en ese sentido, una invitación a mirarnos, reconocernos y seguir caminando juntos.


20 noviembre 2025

La Balsa Blanca y yo: una historia que permanece a flote


En tanto que ingeniero naval y apasionado por la historia del río Guayas y de la isla Santay, siempre he sentido una profunda atracción por las arquitecturas que nacen del agua. Quizás esa afinidad comenzó mucho antes de que yo pudiera explicarla, en mis años viviendo en Las Peñas, el barrio colonial de Guayaquil.

Allí, al borde mismo del río Guayas, respiraba un aire salino mezclado con historia y con las voces del manglar que se colaban por mis ventanas. Ese entorno me enseñó que el río no es solo paisaje: es memoria, cultura y biografía.

En ese universo fluvial, ninguna estructura me tocó tanto como la Balsa Blanca, memoria emblemática del sistema Guayas–Babahoyo.

La Balsa Blanca: memoria flotante del Babahoyo

Durante más de un siglo, la Balsa Blanca fue uno de los símbolos más queridos del río Babahoyo. Construida hacia finales del siglo XIX, esta casa flotante de dos pisos se convirtió en el primer hotel de Babahoyo, refugio de viajeros, comerciantes y familias que vivían entre mareas y corrientes.
Su arquitectura de madera, sus 120 m² y su vida cotidiana sobre el agua la transformaron en una postal viva de la identidad anfibia de Los Ríos.

Pero es importante recordar que las casas flotantes no fueron exclusivas de Babahoyo

.
En el Guayaquil de finales del siglo XIX, también existieron estas viviendas modestas y sencillas, levantadas sobre balsas o pontones, donde se alojaban comerciantes y trabajadores fluviales del cacao, café, frutas y maderas. Eran parte de una ciudad anfibia hoy casi olvidada.

La Balsa Blanca era más que una estructura: era una forma de habitar el río. Por eso su hundimiento en 2007 se vivió como un cierre de época.

Mi vínculo personal con la Balsa Blanca

La visité por primera vez en 1996, y quedé cautivado por su equilibrio poético: maderas que respiraban humedad histórica, pisos que guardaban el eco de mareas antiguas, una vida construida sobre el agua.
Desde entonces, se convirtió en un amor platónico, en una presencia persistente de mi memoria fluvial.

En 2005, pese a estar fuera del país, sentí el impulso de intentar salvarla. Cuando lo comenté, recibí una frase que me acompañó como un pequeño motor:
“Sí, ¿por qué no? dale.”
Con ese impulso envié a mi entrañable amigo Boris Loján Araujo a conversar y hacerle la propuesta a su dueña.
No aceptó.
Y cuando la Balsa Blanca se hundió en 2007, sentí que se iba con ella un fragmento esencial de nuestra memoria ribereña.

De la Balsa Blanca al Observatorio de Santay

A veces el río devuelve, en otra forma, lo que la vida se lleva.
Años más tarde se levantó el Observatorio de Santay, construido también sobre las aguas del río Babahoyo, en el mismo sistema de humedales donde la Balsa Blanca vivió más de un siglo.

Siempre he sentido que el Observatorio es, de algún modo, el tataranieto de la Balsa Blanca:
ambos nacen del agua, dialogan con la naturaleza anfibia y reconocen al río como hogar y horizonte.

La Balsa Blanca surgió de la tradición ribereña; el Observatorio lo hace desde la educación ambiental contemporánea.
Pero ambos comparten la misma raíz:
la certeza de que el agua también puede ser arquitectura.

Un deseo: contar la vida de la tatarabuela


Cada vez que hablo de la Balsa Blanca, siento que su historia sigue pidiendo un espacio.
Por eso, uno de mis deseos es poder dedicar en el Observatorio de Santay una exposición temporal a esta tatarabuela flotante:
su vida, sus habitantes, su belleza humilde, su lugar en la memoria del Guayas y el Babahoyo, y su inesperada descendencia en forma de aula flotante.

Sería un homenaje necesario a esa arquitectura ancestral que nos enseñó que vivir sobre el agua era, y sigue siendo, una forma de pertenecer al territorio.

Un patrimonio que inspira futuro


Recordar la Balsa Blanca no es un acto de nostalgia, sino de continuidad.
Es reconocer que el sistema Guayas–Babahoyo ha sido históricamente anfibio, que nuestra relación con el agua es antigua, cultural y viva.

Ese legado inspira lo que hoy hacemos desde el Observatorio de Santay:
mostrar que el humedal es espacio de vida, cultura y encuentro, y que la memoria que flota no se hunde: se transforma.

Desde las casas flotantes del siglo XIX hasta el Observatorio contemporáneo, las aguas del Guayas y Babahoyo siguen siendo escenario de historias que conectan, renacen y perduran.