En junio de 2006, doce cocodrilos de la Costa llegaron a la isla Santay para formar parte de una estación de investigación y conservación. Su presencia estuvo acompañada de un proceso de educación ambiental dirigido a la comunidad, con el propósito de comprender mejor la importancia de esta especie y aprender a convivir con ella.
Aquellos animales, nacidos y criados en cautiverio, procedían principalmente del Parque Histórico de Guayaquil y de la provincia de Esmeraldas. Con el paso del tiempo, la cocodrilera se convirtió en uno de los lugares más conocidos de la isla y en una referencia para sus visitantes.
Pero los cocodrilos de Santay no deben ser vistos únicamente como una
atracción turística. Son cocodrilos de la Costa, una especie estrechamente
relacionada con los humedales, manglares, esteros y lagunas costeras. Su
protección debe formar parte de una responsabilidad permanente.
Su historia en Santay también está unida a la comunidad. Durante años,
pobladores de la isla asumieron su cuidado cotidiano, aprendieron a manejarlos
y contribuyeron a que estos animales crecieran bajo vigilancia. Esa relación
demuestra que la conservación no depende solamente de instalaciones o
decisiones institucionales: también necesita personas comprometidas,
conocimiento local, recursos y continuidad.
Por eso, quienes tuvieron la iniciativa de llevar estos cocodrilos a
Santay, así como las instituciones que respaldaron aquel proyecto, deberían
mantener el interés y la responsabilidad de conocer periódicamente cuál es su
situación: si reciben una alimentación adecuada, si cuentan con atención
veterinaria, si su espacio reúne las condiciones necesarias y si están siendo
tratados correctamente.
Llevar una especie a un lugar para convertirla en parte de un proyecto de
conservación no puede ser una decisión que termine con su traslado o con la
inauguración de una instalación. Esa responsabilidad debe mantenerse durante
toda la vida de los animales.
Hoy, los cocodrilos forman parte de la identidad de Santay. Junto con el
manglar, se han convertido en uno de los elementos más representativos de la
isla para sus pobladores y visitantes.
Protegerlos significa mucho más que alimentarlos o mantener en buen estado
la cocodrilera. Significa garantizar manejo técnico, atención veterinaria,
seguridad, educación ambiental y condiciones dignas para su permanencia.
También significa recuperar su historia y enseñarla correctamente a los niños,
visitantes y futuras generaciones.
Santay ha cuidado durante veinte años a estos animales. Es justo que
quienes promovieron su llegada no pierdan contacto con ellos y se preocupen por
saber cómo están y qué necesitan.
Proteger a los cocodrilos de Santay es también proteger la memoria, la
identidad y la naturaleza de la isla.
José Delgado Mendoza, Gestor Cultural y Ambiental, director del Observatorio de Santay
Este contenido ha sido publicado originalmente por EL COMERCIO. : https://www.elcomercio.com/cartas/cartas-a-quito-30-de-agosto-de-2026/

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