En la Isla Santay, la escuela nunca ha sido únicamente un lugar para recibir clases. Desde hace generaciones, la educación ha representado para la comunidad una esperanza de transformación y permanencia dentro del humedal.
La escuela comunitaria de
Santay comenzó a funcionar alrededor del año 2000. Su creación marcó un momento
importante en la historia social de la isla, porque durante gran parte del
siglo XX la vida de sus habitantes estuvo vinculada principalmente al trabajo
hacendario, la ganadería, la agricultura y las dinámicas propias del río.
Eso también plantea una
reflexión histórica profunda: ¿cómo fue posible que durante décadas
generaciones enteras de trabajadores ribereños y sus familias crecieran con
acceso limitado o inexistente a educación formal dentro de la isla?
Como ocurrió en muchas zonas rurales y haciendas del Ecuador, gran parte del aprendizaje cotidiano se transmitía entonces desde la experiencia familiar y comunitaria. Los habitantes aprendían navegación, manejo del ganado, agricultura, pesca, conocimiento de las mareas y adaptación al humedal mucho antes de que existiera una infraestructura educativa permanente en el territorio.
La aparición de la
escuela representó así mucho más que la construcción de un aula. Significó el
paso desde una comunidad marcada principalmente por dinámicas de trabajo rural
y ribereño hacia una nueva etapa donde la educación comenzó a ocupar un lugar central
en las aspiraciones de las familias de Santay.
A pesar de las
dificultades propias del humedal —mareas, humedad, ambiente salino y problemas
de acceso— la escuela se convirtió en uno de los principales símbolos de unidad
y futuro para la comunidad.
Con los años, este espacio también acogió actividades culturales, talleres ambientales y procesos de fortalecimiento de identidad territorial. Allí, los niños de Santay no solamente aprenden contenidos escolares; también crecen comprendiendo el valor ambiental, histórico y humano del lugar donde viven.
Hoy, cuando gran parte de
la educación depende de herramientas digitales y conectividad, resulta
inevitable recordar el compromiso anunciado el año pasado de dotar de
electricidad e internet a la escuela de Santay. Cumplir esa promesa
significaría mucho más que incorporar infraestructura tecnológica:
representaría una señal concreta de apoyo a los niños y jóvenes que estudian
dentro del humedal.
Pensar el futuro de
Santay implica igualmente pensar en el futuro de su escuela. Porque educar en
un humedal habitado significa también cuidar a las nuevas generaciones que
darán continuidad a la vida comunitaria y ambiental de la isla.
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