Muchos mecanismos funcionan a partir de proyectos presentados por ministerios, municipios u otras instituciones. ¿Pero qué sucede cuando no existe un expediente preparado para Santay, cuando nadie ha formulado el proyecto necesario o cuando, sencillamente, la isla no figura entre las prioridades? Puede darse entonces una paradoja: existe la necesidad, puede incluso existir el financiamiento, pero no existe el puente institucional que permita encontrarlos.
Y Santay continúa
esperando.
También hemos visto
intervenciones que reducen la isla a una sola dimensión. Santay aparece como un
lugar donde sembrar manglar, desarrollar una investigación, ejecutar un
proyecto ambiental o trasladar determinadas especies. Todo eso puede ser
importante, pero Santay no es solamente manglar, fauna y paisaje. Santay es
también una comunidad.
No basta con llegar,
ejecutar una intervención y marcharse. La conservación necesita seguimiento,
mantenimiento y responsabilidades que permanezcan después de la fotografía
inaugural. Tampoco resulta justo calificar a una comunidad como poco
colaboradora sin preguntarse primero si fue escuchada, si participó en las
decisiones y si aquello que se le propone responde realmente a sus necesidades.
Quizás estoy soñando,
pero sería interesante que los organismos internacionales que trabajan en
Ecuador incorporaran alguna vez una prioridad muy sencilla: un humedal.
Un humedal con comunidad.
Un humedal con comunidad
y con su acceso turístico cerrado desde hace más de nueve meses.
Un humedal con comunidad,
con el acceso cerrado y con una escuela que lleva años sin electricidad ni
internet.
Un humedal con una
comunidad que debe transportar el agua hasta la isla y que paga posiblemente el
agua potable más cara del Ecuador.
Un humedal que acumula
todas esas dificultades y que, además, forma parte de un área protegida cuya
administración institucional está en Guayaquil, a pocos kilómetros de
distancia.
Quizás así puedan
encontrar San Jacinto de Santay.
No se trata de pedir que
la cooperación internacional sustituya al Estado ni de esperar que resuelva por
sí sola los problemas de la isla. También existen otras vías que podrían
explorarse con mayor decisión. Los municipios y las prefecturas, a través de la
cooperación descentralizada, pueden establecer alianzas con gobiernos locales y
regionales de otros países, universidades, fundaciones y redes internacionales
para desarrollar proyectos concretos en territorios como Santay. No todo debe
depender de que una propuesta llegue desde un ministerio o de que una gran
agencia internacional decida incluir a la isla entre sus prioridades.
La cooperación
descentralizada podría ser especialmente útil porque permite acercar las
decisiones al territorio, trabajar sobre necesidades muy concretas y construir
relaciones de largo plazo entre instituciones que enfrentan desafíos similares:
gestión de humedales, agua, movilidad, educación, turismo sostenible,
adaptación climática o fortalecimiento comunitario.
Tal vez sea necesario
invertir la lógica. En lugar de esperar siempre que Santay llegue con un
expediente perfectamente formulado hasta los escritorios de la cooperación,
podríamos preguntarnos cuántos organismos, municipios, prefecturas y entidades
de cooperación se han acercado alguna vez a la isla para decir simplemente:
¿qué necesitan, ¿qué pueden aportar ustedes y qué podemos construir juntos?
Porque la cooperación
verdadera comienza cuando deja de esperar que la realidad llegue hasta el
escritorio y decide salir a buscarla.
Fotos: Arturo Morales, Cafeina







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