Santay es un humedal
protegido, reconocido internacionalmente y sometido a distintas figuras de
conservación. Sobre el papel, su importancia ambiental está fuera de discusión.
Sin embargo, la vida cotidiana de la isla muestra una realidad mucho más contradictoria.
El acceso turístico
permanece cerrado desde hace meses. La infraestructura que durante años
permitió conectar a Santay con Guayaquil continúa deteriorada y, mientras el
tiempo pasa, resulta difícil para la ciudadanía comprender quién tiene
realmente la responsabilidad de repararla, mantenerla y garantizar nuevamente
un acceso seguro. Las competencias parecen repartirse entre varias
instituciones, pero cuando llega el momento de actuar, las respuestas no
siempre son igual de claras.
Ese problema va mucho más
allá del turismo. El cierre afecta directamente a las familias que dependen de
los visitantes, limita actividades educativas y comunitarias y profundiza una
sensación de aislamiento que Santay conoce demasiado bien. Una infraestructura
abandonada no es solamente madera, metal o cemento deteriorándose: representa
oportunidades que desaparecen para una comunidad.
A esta situación se suma
ahora un nuevo desafío ambiental. La llegada de El Niño obliga a mirar con
mayor preocupación el estado de muelles, estructuras, embarcaciones, drenajes y
sistemas de acceso. En un territorio insular y estuarino, prepararse para lluvias
intensas, variaciones del río y otros efectos meteorológicos no debería
comenzar cuando aparezca la emergencia. La prevención también forma parte de la
conservación.
Mientras tanto, buena
parte de las respuestas cotidianas continúan dependiendo del esfuerzo de la propia población de Santay y de organizaciones de la sociedad civil. Son los habitantes de la isla quienes soportan de manera más directa el aislamiento, la reducción de ingresos, las dificultades de movilidad y las limitaciones que provoca el deterioro de la infraestructura. Y son también ellos quienes, junto con distintas iniciativas ciudadanas, mantienen actividades, cuidan espacios, buscan soluciones y hacen posible que Santay continúe funcionando a pesar de las dificultades.
Ese esfuerzo merece reconocimiento, pero también plantea una pregunta incómoda: ¿hasta dónde puede exigirse a una comunidad y a la sociedad civil que compensen con esfuerzo propio la falta de respuestas que corresponden a las instituciones públicas? La población de Santay no puede convertirse permanentemente en la parte más sacrificada de un sistema de protección que, precisamente, debería mejorar sus condiciones de vida y garantizar su relación sostenible con el humedal.
Proteger un humedal no consiste únicamente en declararlo área protegida, incorporarlo a convenios internacionales o mencionarlo en documentos oficiales. Proteger significa también cuidar a la comunidad que lo habita, mantener su infraestructura, garantizar condiciones dignas, anticipar riesgos ambientales, coordinar responsabilidades y actuar antes de que los problemas se conviertan en emergencias.
No me cansaré de insistir: Santay no necesita más indefiniciones sobre quién debe hacer qué. Necesita coordinación, responsabilidades claras y decisiones.Porque entre la protección legal y la conservación real existe una diferencia fundamental: la primera se escribe; la segunda se demuestra todos los días. Fotos: Wladimir Torres
José Delgado Mendoza, Gestor Cultural y Ambiental y Director del Observatorio de Santay
Este contenido ha sido publicado originalmente por EL COMERCIO. https://www.elcomercio.com/cartas/cartas-a-quito-29-de-septiembre-de-2026/
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