29 septiembre 2026

Santay: cuando el acceso define el futuro de un territorio

En Santay, hablar de acceso no es hablar únicamente de un puente, un muelle o una embarcación. Es hablar de la posibilidad de estudiar, trabajar, recibir visitantes, movilizarse con seguridad, mantener actividades económicas y conservar una relación efectiva con Guayaquil. Cuando esa conexión falla durante meses, no se deteriora solamente una infraestructura: comienza a condicionarse el futuro de todo un territorio.

El prolongado cierre del acceso turístico ha demostrado hasta qué punto la isla depende de una conectividad segura y permanente. La reducción de visitantes afecta directamente a las familias vinculadas al turismo, la gastronomía, los servicios y las actividades comunitarias. También limita proyectos educativos, culturales y ambientales que necesitan mantener un contacto constante entre Santay y la ciudad.

Pero existe además otra consecuencia, más difícil de medir y quizás igualmente grave: la sensación de que Santay empieza a desaparecer de la vida cotidiana de Guayaquil. Cuando un lugar permanece cerrado durante meses, deja de visitarse, deja de mencionarse y poco a poco puede instalarse la idea de que ya no está, de que se acabó, de que quizás nunca volverá a ser accesible como antes. Esa percepción de abandono y olvido también deteriora un territorio.

Y no es justo.

No es justo para una comunidad que sigue viviendo allí todos los días. No es justo para quienes han construido durante años actividades relacionadas con el turismo, la educación ambiental y la conservación. Tampoco lo es para una ciudad que tiene, a pocos minutos de su centro urbano, un humedal de enorme valor ambiental, cultural y humano.

El problema no debe reducirse al turismo. Para quienes viven en la isla, entrar y salir forma parte de la vida cotidiana. El acceso condiciona oportunidades de estudio, trabajo, abastecimiento, atención de necesidades familiares y participación en actividades fuera de la comunidad. Cuando la movilidad se vuelve difícil, costosa o incierta, la insularidad deja de ser únicamente una característica geográfica y comienza a convertirse en una desventaja.

Por eso, reparar una infraestructura dañada no debería entenderse como una intervención aislada. El acceso a Santay necesita pensarse como parte de una política de largo plazo que contemple mantenimiento, seguridad, alternativas de movilidad y responsabilidades institucionales claramente definidas. No basta con reaccionar cada vez que ocurre una emergencia; es necesario garantizar que la conexión pueda sostenerse en el tiempo.

También existe una contradicción evidente: se reconoce a Santay por su enorme valor ambiental, se promueve su conservación y se habla de turismo sostenible, educación ambiental y desarrollo comunitario, pero nada de eso puede consolidarse si el territorio permanece expuesto a largos periodos de aislamiento.

Desde la propia comunidad y desde iniciativas de la sociedad civil se continúa trabajando para mantener actividades, cuidar espacios, desarrollar proyectos y evitar que el cierre paralice completamente a la isla. Pero ese esfuerzo tiene límites. La población no puede asumir indefinidamente el costo social, económico y también simbólico de una conectividad insuficiente.

Santay necesita que el acceso deje de verse únicamente como una obra de infraestructura y sea entendido como lo que realmente es: una condición fundamental para su desarrollo sostenible y para mantener viva su relación con Guayaquil.

Porque el futuro de la isla no dependerá solamente de cuánto logremos proteger su naturaleza. Dependerá también de que quienes la habitan puedan entrar, salir, estudiar, trabajar, recibir visitantes y relacionarse con la ciudad en condiciones dignas, seguras y permanentes.

Santay no se acabó. Santay no puede convertirse en un lugar olvidado.

Sigue allí, sigue habitada y sigue esperando que volvamos a mirarla como parte de nuestro presente y de nuestro futuro.

José Delgado Mendoza, Gestor Cultural y Ambiental, Director del Observatorio de Santay

Este contenido ha sido publicado originalmente por EL COMERCIO.

26 septiembre 2026

La escuela Jaime Roldós del Humedal Santay celebra a sus abanderados y mejores estudiantes


Amy Achiote DomínguezEl viernes 25 de septiembre de 2026, la Escuela Jaime Roldós Aguilera de la Isla Santay realizó en los patios del plantel la ceremonia anual de Exaltación a la Bandera Nacional, una jornada cívica dedicada a reconocer el esfuerzo, la responsabilidad y el buen desempeño de sus estudiantes. estuvieron presentes  

Durante el acto fueron distinguidos los mejores estudiantes del período lectivo 2026-2027.
Amy Valentina Achiote Domínguez recibió la distinción de abanderada del Pabellón Nacional. Amy es además presidenta del Consejo Estudiantil y Niña Simón Bolívar 2026. 
Camila Ramirez Cruz
Iker Torres DominguezIker Alexander Torres Domínguez fue reconocido como portador de la bandera del cantón Durán;Por su parte, Camila Ramírez Cruz fue designada portadora del estandarte de la Escuela Jaime Roldós Aguilera.





Iker Torres Dominguez

Lisbeth Achiote Medina




La ceremonia también permitió reconocer a los estudiantes destacados de los distintos años de Educación General Básica, quienes recibieron diplomas por su dedicación y rendimiento académico.


Entre los asistentes estuvo Evelyn Domínguez Domínguez, presidenta de los padres de familia y exalumna de la institución.

Su presencia tuvo un significado especial, al representar la continuidad entre quienes se formaron en la escuela y las nuevas generaciones que hoy estudian en ella.


El acto estuvo a cargo de la directora de la institución, Lcda. Ena Gomero, y del Lcdo. Fernando Vega Mendoza, docentes del plantel quienes acompañaron a los estudiantes y sus familias durante esta importante celebración.

En una comunidad como Santay, la escuela cumple un papel que va mucho más allá de las aulas. Es un espacio de formación, encuentro y transmisión de valores. La Exaltación a la Bandera Nacional recuerda que el esfuerzo de cada estudiante también forma parte de la historia y del futuro de la isla.

Desde Santay, la bandera ecuatoriana vuelve así a representar no solo la identidad nacional, sino también el compromiso de una pequeña comunidad que continúa apostando por la educación de sus niños y jóvenes.


Camila Ramírez CruzAna Paula Moreira Reina




23 septiembre 2026

Santay: entre la protección legal y el abandono cotidiano

Santay es un humedal protegido, reconocido internacionalmente y sometido a distintas figuras de conservación. Sobre el papel, su importancia ambiental está fuera de discusión. Sin embargo, la vida cotidiana de la isla muestra una realidad mucho más contradictoria.

El acceso turístico permanece cerrado desde hace meses. La infraestructura que durante años permitió conectar a Santay con Guayaquil continúa deteriorada y, mientras el tiempo pasa, resulta difícil para la ciudadanía comprender quién tiene realmente la responsabilidad de repararla, mantenerla y garantizar nuevamente un acceso seguro. Las competencias parecen repartirse entre varias instituciones, pero cuando llega el momento de actuar, las respuestas no siempre son igual de claras.

Ese problema va mucho más allá del turismo. El cierre afecta directamente a las familias que dependen de los visitantes, limita actividades educativas y comunitarias y profundiza una sensación de aislamiento que Santay conoce demasiado bien. Una infraestructura abandonada no es solamente madera, metal o cemento deteriorándose: representa oportunidades que desaparecen para una comunidad.

A esta situación se suma ahora un nuevo desafío ambiental. La llegada de El Niño obliga a mirar con mayor preocupación el estado de muelles, estructuras, embarcaciones, drenajes y sistemas de acceso. En un territorio insular y estuarino, prepararse para lluvias intensas, variaciones del río y otros efectos meteorológicos no debería comenzar cuando aparezca la emergencia. La prevención también forma parte de la conservación.

Mientras tanto, buena parte de las respuestas cotidianas continúan dependiendo del esfuerzo de la propia población de Santay y de organizaciones de la sociedad civil. Son los habitantes de la isla quienes soportan de manera más directa el aislamiento, la reducción de ingresos, las dificultades de movilidad y las limitaciones que provoca el deterioro de la infraestructura. Y son también ellos quienes, junto con distintas iniciativas ciudadanas, mantienen actividades, cuidan espacios, buscan soluciones y hacen posible que Santay continúe funcionando a pesar de las dificultades.

Ese esfuerzo merece reconocimiento, pero también plantea una pregunta incómoda: ¿hasta dónde puede exigirse a una comunidad y a la sociedad civil que compensen con esfuerzo propio la falta de respuestas que corresponden a las instituciones públicas? La población de Santay no puede convertirse permanentemente en la parte más sacrificada de un sistema de protección que, precisamente, debería mejorar sus condiciones de vida y garantizar su relación sostenible con el humedal.

Proteger un humedal no consiste únicamente en declararlo área protegida, incorporarlo a convenios internacionales o mencionarlo en documentos oficiales. Proteger significa también cuidar a la comunidad que lo habita, mantener su infraestructura, garantizar condiciones dignas, anticipar riesgos ambientales, coordinar responsabilidades y actuar antes de que los problemas se conviertan en emergencias.

No me cansaré de insistir: Santay no necesita más indefiniciones sobre quién debe hacer qué. Necesita coordinación, responsabilidades claras y decisiones.

Porque entre la protección legal y la conservación real existe una diferencia fundamental: la primera se escribe; la segunda se demuestra todos los días. Fotos: Wladimir Torres

José Delgado Mendoza, Gestor Cultural y Ambiental y Director del Observatorio de Santay
Este contenido ha sido publicado originalmente por EL COMERCIO.  https://www.elcomercio.com/cartas/cartas-a-quito-29-de-septiembre-de-2026/

16 septiembre 2026

Cooperación internacional y realidades locales

La cooperación internacional puede representar una extraordinaria oportunidad para territorios como Santay. Existen organismos, fondos, programas y organizaciones dispuestos a apoyar iniciativas ambientales, sociales y comunitarias. Pero existe una pregunta que pocas veces hacemos: ¿qué ocurre cuando esa cooperación permanece en sus escritorios esperando propuestas que nunca llegan?

Muchos mecanismos funcionan a partir de proyectos presentados por ministerios, municipios u otras instituciones. ¿Pero qué sucede cuando no existe un expediente preparado para Santay, cuando nadie ha formulado el proyecto necesario o cuando, sencillamente, la isla no figura entre las prioridades? Puede darse entonces una paradoja: existe la necesidad, puede incluso existir el financiamiento, pero no existe el puente institucional que permita encontrarlos.

Y Santay continúa esperando.

También hemos visto intervenciones que reducen la isla a una sola dimensión. Santay aparece como un lugar donde sembrar manglar, desarrollar una investigación, ejecutar un proyecto ambiental o trasladar determinadas especies. Todo eso puede ser importante, pero Santay no es solamente manglar, fauna y paisaje. Santay es también una comunidad.

No basta con llegar, ejecutar una intervención y marcharse. La conservación necesita seguimiento, mantenimiento y responsabilidades que permanezcan después de la fotografía inaugural. Tampoco resulta justo calificar a una comunidad como poco colaboradora sin preguntarse primero si fue escuchada, si participó en las decisiones y si aquello que se le propone responde realmente a sus necesidades.

Quizás estoy soñando, pero sería interesante que los organismos internacionales que trabajan en Ecuador incorporaran alguna vez una prioridad muy sencilla: un humedal.

Un humedal con comunidad.

Un humedal con comunidad y con su acceso turístico cerrado desde hace más de nueve meses.

Un humedal con comunidad, con el acceso cerrado y con una escuela que lleva años sin electricidad ni internet.

Un humedal con una comunidad que debe transportar el agua hasta la isla y que paga posiblemente el agua potable más cara del Ecuador.

Un humedal que acumula todas esas dificultades y que, además, forma parte de un área protegida cuya administración institucional está en Guayaquil, a pocos kilómetros de distancia.

Quizás así puedan encontrar San Jacinto de Santay.

No se trata de pedir que la cooperación internacional sustituya al Estado ni de esperar que resuelva por sí sola los problemas de la isla. También existen otras vías que podrían explorarse con mayor decisión. Los municipios y las prefecturas, a través de la cooperación descentralizada, pueden establecer alianzas con gobiernos locales y regionales de otros países, universidades, fundaciones y redes internacionales para desarrollar proyectos concretos en territorios como Santay. No todo debe depender de que una propuesta llegue desde un ministerio o de que una gran agencia internacional decida incluir a la isla entre sus prioridades.

La cooperación descentralizada podría ser especialmente útil porque permite acercar las decisiones al territorio, trabajar sobre necesidades muy concretas y construir relaciones de largo plazo entre instituciones que enfrentan desafíos similares: gestión de humedales, agua, movilidad, educación, turismo sostenible, adaptación climática o fortalecimiento comunitario.

Tal vez sea necesario invertir la lógica. En lugar de esperar siempre que Santay llegue con un expediente perfectamente formulado hasta los escritorios de la cooperación, podríamos preguntarnos cuántos organismos, municipios, prefecturas y entidades de cooperación se han acercado alguna vez a la isla para decir simplemente: ¿qué necesitan, ¿qué pueden aportar ustedes y qué podemos construir juntos?

Porque la cooperación verdadera comienza cuando deja de esperar que la realidad llegue hasta el escritorio y decide salir a buscarla.

Fotos: Arturo Morales, Cafeina

12 septiembre 2026

Presentamos a la Niña Simón Bolívar 2026: Amy Valentina Achiote Domínguez

Desde hace trece años, la representación infantil del Libertador Simón Bolívar forma parte de una tradición que acerca la historia a las nuevas generaciones de la isla Santay. En 2026, este honor corresponde a Amy Valentina Achiote Domínguez, escogida también como reconocimiento a sus buenas calificaciones y dedicación escolar.

Amy nació el 12 de febrero de 2015 en la isla Santay, Guayaquil. Tiene 11 años y es hija de Mario Achiote Domínguez y Elizabeth Domínguez Villanueva.

Es una niña alegre, carismática y llena de energía. Le gusta jugar a la pelota, bailar y cantar, actividades mediante las cuales expresa su entusiasmo, espontaneidad y amor por compartir con los demás.

También disfruta acompañar a las personas que participan en retiros religiosos. Esta experiencia le permite aprender, colaborar y vivir momentos significativos junto a quienes la rodean.

El sábado 17 de octubre de 2026, Amy asumirá oficialmente la representación infantil del Libertador durante la tradicional recreación histórica “Bolívar vuelve a Santay”. Con ella continuará una iniciativa que, durante trece años, ha permitido que los niños y niñas de la comunidad conozcan y mantengan viva la memoria de la presencia de Simón Bolívar en la isla.

Con su alegría, responsabilidad y entusiasmo, Amy va construyendo día a día su propia historia. En esta ocasión llevará consigo el cariño de su familia, el reconocimiento de su escuela y el orgullo de representar a los niños y niñas de la hermosa isla Santay.

¡Felicitaciones, Amy Valentina, Niña Simón Bolívar 2026!

08 septiembre 2026

Observatorio de Santay: resistir, adaptarse y continuar

Han transcurrido ya 291 días desde el cierre del acceso turístico a la isla Santay. Para una comunidad cuya economía depende en buena medida de sus visitantes, casi diez meses de aislamiento tienen consecuencias profundas. Para el Observatorio de Santay, nuestro pequeño centro de educación de humedales sobre el río Guayas, ha significado también uno de los periodos más difíciles desde su creación. Pero el cierre del acceso no ha significado cerrar el Observatorio.

Durante estos meses hemos trabajado en el mantenimiento y recuperación de nuestra infraestructura flotante: lijado, pintura, reparaciones, refuerzos estructurales, mejoras en la plataforma de conexión con el muelle y recuperación de nuestra embarcación Ligia María. Mantener una instalación sobre el río exige atención permanente frente al sol, la humedad, la lluvia y la propia dinámica del Guayas. A ello se suma ahora un desafío mayor: El Niño ya no es una amenaza futura, sino una realidad que obliga a prepararnos para condiciones ambientales cada vez más exigentes.

Mientras reparábamos, también investigábamos. Estamos preparando una nueva exposición dedicada a José María Roura Oxandaberro, artista catalán vinculado con Ecuador, Guayaquil, el río Guayas y Santay. Su investigación nos ha llevado a archivos, periódicos, fotografías, publicaciones y obras dispersas, con el propósito de recuperar no solo la memoria de un artista, sino también una parte de la historia cultural del río y de la isla.

En este periodo hemos comprobado nuevamente la importancia de no trabajar solos. El Observatorio forma parte de Wetland Link International (WLI), una red que conecta centros de educación de humedales de distintos países y nos permite intercambiar experiencias, conocer soluciones y aprender de realidades diferentes. Haber recibido dos Wetland Stars de WLI, por nuestras personas y nuestras instalaciones, ha sido un estímulo importante, pero aún más valioso es poder mantener ese intercambio con otros centros que enfrentan desafíos similares en educación, participación comunitaria, sostenibilidad y adaptación climática.

Estos 291 días no han sido solamente días sin visitantes. Han sido meses de reparación, investigación, preparación de una nueva exposición, búsqueda de alianzas, intercambio internacional y adaptación frente a nuevos desafíos.

Esperamos que Santay vuelva pronto a recibir visitantes. Cuando ese momento llegue, queremos que encuentren un Observatorio renovado, nuevas historias que descubrir y el mismo compromiso con el que comenzamos hace cuatro años. Porque mantener vivo un centro de educación de humedales también significa resistir, adaptarse y continuar.

José Delgado Mendoza, Gestor Cultural y Ambiental y Director del Observatorio de Santay

Este contenido ha sido publicado originalmente por EL COMERCIO.: https://www.elcomercio.com/cartas/cartas-a-quito-8-de-septiembre-de-2026/

31 agosto 2026

Los cocodrilos de Santay

En junio de 2006, doce cocodrilos de la Costa llegaron a la isla Santay para formar parte de una estación de investigación y conservación. Su presencia estuvo acompañada de un proceso de educación ambiental dirigido a la comunidad, con el propósito de comprender mejor la importancia de esta especie y aprender a convivir con ella.


Aquellos animales, nacidos y criados en cautiverio, procedían principalmente del Parque Histórico de Guayaquil y de la provincia de Esmeraldas. Con el paso del tiempo, la cocodrilera se convirtió en uno de los lugares más conocidos de la isla y en una referencia para sus visitantes.

Pero los cocodrilos de Santay no deben ser vistos únicamente como una atracción turística. Son cocodrilos de la Costa, una especie estrechamente relacionada con los humedales, manglares, esteros y lagunas costeras. Su protección debe formar parte de una responsabilidad permanente.

Su historia en Santay también está unida a la comunidad. Durante años, pobladores de la isla asumieron su cuidado cotidiano, aprendieron a manejarlos y contribuyeron a que estos animales crecieran bajo vigilancia. Esa relación demuestra que la conservación no depende solamente de instalaciones o decisiones institucionales: también necesita personas comprometidas, conocimiento local, recursos y continuidad.

Por eso, quienes tuvieron la iniciativa de llevar estos cocodrilos a Santay, así como las instituciones que respaldaron aquel proyecto, deberían mantener el interés y la responsabilidad de conocer periódicamente cuál es su situación: si reciben una alimentación adecuada, si cuentan con atención veterinaria, si su espacio reúne las condiciones necesarias y si están siendo tratados correctamente.

Llevar una especie a un lugar para convertirla en parte de un proyecto de conservación no puede ser una decisión que termine con su traslado o con la inauguración de una instalación. Esa responsabilidad debe mantenerse durante toda la vida de los animales.

Hoy, los cocodrilos forman parte de la identidad de Santay. Junto con el manglar, se han convertido en uno de los elementos más representativos de la isla para sus pobladores y visitantes.

Protegerlos significa mucho más que alimentarlos o mantener en buen estado la cocodrilera. Significa garantizar manejo técnico, atención veterinaria, seguridad, educación ambiental y condiciones dignas para su permanencia. También significa recuperar su historia y enseñarla correctamente a los niños, visitantes y futuras generaciones.

Santay ha cuidado durante veinte años a estos animales. Es justo que quienes promovieron su llegada no pierdan contacto con ellos y se preocupen por saber cómo están y qué necesitan.

Proteger a los cocodrilos de Santay es también proteger la memoria, la identidad y la naturaleza de la isla.

José Delgado Mendoza, Gestor Cultural y Ambiental, director del Observatorio de Santay

Este contenido ha sido publicado originalmente por EL COMERCIO. : https://www.elcomercio.com/cartas/cartas-a-quito-30-de-agosto-de-2026/

16 agosto 2026

Santay necesita más que visibilidad


Durante los últimos años, el Observatorio de Santay ha procurado mantener los ojos puestos sobre la isla mediante exposiciones, actividades educativas, recuperación de su memoria y un trabajo permanente con la escuela, los guardaparques y la comunidad.

En los próximos días llegaremos a nuestra vigésima exposición. Es un logro importante para un pequeño espacio cultural levantado en medio de un humedal y sostenido con muchas limitaciones. Pero también debemos reconocer algo: hacer visible a Santay no es suficiente.

Una exposición puede despertar interés, una fotografía puede recorrer las redes y una actividad puede reunir por algunas horas a niños, docentes, visitantes y pobladores. Sin embargo, la comunidad necesita mucho más que momentos de atención. Necesita acompañamiento constante, organizaciones activas y autoridades capaces de transformar esa visibilidad en respuestas concretas.

Santay continúa enfrentando dificultades de acceso, movilidad, servicios básicos, educación, conectividad y oportunidades económicas. Su población no puede permanecer sola reclamando aquello que le corresponde, mientras las instituciones y organizaciones que deberían acompañarla aparecen únicamente en determinados momentos.

El Observatorio seguirá cumpliendo su misión cultural y educativa. Continuará organizando exposiciones, trabajando con la escuela, conservando la memoria de la isla y buscando que el público vuelva a acercarse a este humedal. Pero el Observatorio no puede ni debe reemplazar el trabajo de las organizaciones sociales, de las instituciones públicas ni de quienes tienen responsabilidades directas con la comunidad.

Santay necesita una sociedad organizada que escuche, proponga, participe y acompañe. Necesita que la atención generada por sus paisajes, su biodiversidad y su historia se traduzca también en mejores condiciones para quienes viven allí y han contribuido durante generaciones a conservarla.


Hemos logrado que muchas personas vuelvan a mirar hacia Santay. El desafío ahora es que no se limiten a observarla, sino que también decidan actuar por ella.

José Delgado Mendoza, Gestor Cultural y Ambiental y director del Observatorio de Santay

Este contenido ha sido publicado originalmente por EL COMERCIO: https://www.elcomercio.com/cartas/cartas-a-quito-14-de-agosto-de-2026/

03 agosto 2026

Economía solidaria para Santay

La Isla Santay no es solo un destino turístico. Es un humedal, un área protegida y un territorio habitado, donde una comunidad ha intentado durante años organizarse, sostener actividades productivas, atender visitantes y conservar un patrimonio natural y cultural de enorme valor. Precisamente por esa condición excepcional, su organización comunitaria se ha estructurado bajo los lineamientos de la Economía Popular y Solidaria, entendiendo que el desarrollo del territorio solo puede construirse desde el esfuerzo colectivo y el bienestar común.

Sin embargo, en la práctica, esa comunidad ha recibido poco acompañamiento real. Se le exige organización, cumplimiento administrativo y capacidad de gestión, pero no siempre se le brinda asistencia técnica sostenida, capacitación, fortalecimiento comercial, acceso a mercados, apoyo para mejorar sus servicios ni articulación efectiva con las instituciones públicas responsables.

Es posible que dentro del sistema de Economía Popular y Solidaria las asociaciones ocupen un lugar menos visible que las cooperativas, sobre las cuales suele concentrarse mayor atención institucional. Pero eso no debería convertirlas en organizaciones de segunda categoría. Si una comunidad se organiza bajo esta figura, cumple requisitos y forma parte del sistema, debe existir también un compromiso de fortalecimiento que acompañe esa pertenencia.

La membresía o reconocimiento dentro de la Economía Popular y Solidaria no debería significar solo obligaciones para la comunidad. También debería abrir una puerta a capacidades, herramientas, orientación técnica y oportunidades reales. De lo contrario, la formalización termina siendo una carga antes que un apoyo.

El problema de Santay no es la falta de voluntad comunitaria. El problema es que la Economía Popular y Solidaria no puede limitarse a registrar organizaciones, supervisarlas o pedirles requisitos. En territorios frágiles, habitados y ambientalmente estratégicos, debe traducirse en presencia, guía, formación y acompañamiento permanente.

Santay podría ser un caso piloto nacional de economía solidaria aplicada a un humedal habitado y a un área protegida con población local. Allí convergen conservación, turismo comunitario, educación ambiental, cultura fluvial y economía local. Pero para que eso ocurra, se necesita una acción coordinada entre las instituciones de economía popular y solidaria, el Ministerio del Ambiente, el Ministerio de Turismo, los gobiernos locales de Guayaquil y Durán, la academia y la propia comunidad.

No se puede pedir a una comunidad que cuide un humedal, habite responsablemente un área protegida, reciba visitantes, sostenga servicios y genere ingresos dignos si el Estado no la acompaña de manera seria. La Economía Popular y Solidaria será realmente transformadora cuando llegue a territorios como Santay no solo como normativa, sino como una política viva, cercana y útil.

Santay no necesita más discursos sobre desarrollo territorial. Necesita que esos discursos se conviertan en acompañamiento concreto.

José Delgado Mendoza, Gestor Cultural y Ambiental, Director del Observatorio de Santay

Este contenido ha sido publicado originalmente por EL COMERCIO. : https://www.elcomercio.com/cartas/cartas-a-quito-3-de-agosto-de-2026/

28 julio 2026

Santay también merece esa coherencia

Hace poco, una alta autoridad del Ecuador dijo una frase importante: “Galápagos demuestra que cuando un país protege su patrimonio natural también protege el bienestar de su gente”.

Me parece una frase muy valiosa. Porque recuerda algo esencial: la conservación no puede separarse de la vida de las personas. No se protege realmente un territorio si se deja de lado a quienes lo habitan, lo cuidan o dependen de él. Desde esa misma mirada, creo que vale la pena pensar también en la isla Santay.

Santay es patrimonio natural del Ecuador. Es un humedal Ramsar, un área protegida y, sobre todo, un territorio habitado. Allí vive una comunidad que, durante décadas, ha convivido con el río, el manglar, la pesca, la memoria fluvial y las posibilidades de un turismo comunitario responsable.

Por eso, cuando el acceso permanece cerrado, cuando la infraestructura se deteriora, cuando la movilidad diaria se vuelve cada vez más difícil, cuando la escuela y las actividades comunitarias enfrentan tantas limitaciones, no solo se afecta a un espacio natural.

Se afecta también a la gente. A las familias que viven allí. A los niños que estudian allí. A quienes han tratado de sostener, con mucho esfuerzo, una relación digna entre conservación, comunidad y trabajo. No se trata de comparar a Santay con Galápagos. Mucho menos de restar importancia al valor inmenso que tienen las islas para el Ecuador y para el mundo. Se trata, más bien, de que esa misma coherencia pueda llegar también a otros territorios protegidos del país.

Porque Santay también necesita atención. Necesita mantenimiento, seguridad, acompañamiento institucional y condiciones mínimas para que su comunidad pueda seguir viviendo con dignidad dentro de un área protegida. Santay no pide privilegios. Pide algo más sencillo y justo: que el principio sea el mismo.

Si proteger el patrimonio natural significa proteger también el bienestar de su gente, entonces la conservación de Santay debe incluir a su comunidad, sus accesos, su escuela, su economía local y su dignidad cotidiana.

Porque un área protegida no se conserva solo con declaratorias. Se conserva con presencia, cuidado, responsabilidad y continuidad.

José Delgado Mendoza, Gestor Cultural y Ambiental, director del Observatorio de Santay

Este contenido ha sido publicado originalmente por EL COMERCIO.  https://www.elcomercio.com/cartas/cartas-a-quito-27-de-julio-de-2026/

23 julio 2026

Santay no puede seguir esperando

Han pasado 231 días desde el cierre del acceso peatonal y ciclista a la Isla Santay. Lo que inicialmente pudo entenderse como una medida necesaria por razones de seguridad, hoy se ha convertido en una espera demasiado larga para una comunidad que vive dentro de un humedal de importancia internacional.

Santay no es únicamente un sitio turístico. Es un territorio habitado, con familias, niños, escuela, memoria, trabajo comunitario y una relación diaria con el río y el humedal. Cuando el acceso permanece cerrado durante tantos meses, no se detiene solamente la visita turística: se afecta la economía local, se limita la educación formal y ambiental, se debilita la vida comunitaria y se golpea la dignidad de una población que ha demostrado por años compromiso con su territorio.

La infraestructura de acceso a Santay fue ejecutada con recursos públicos. Por tanto, debía estar sujeta a planificación, fiscalización, mantenimiento y control. Si el propio Estado identificó problemas técnicos o deficiencias en esas obras, correspondía activar oportunamente los mecanismos institucionales para exigir reparaciones, responsabilidades y soluciones. Lo que no podía ocurrir era que la infraestructura quedara abandonada y que las consecuencias terminaran cayendo sobre la comunidad.

Además, han pasado cerca de diez años desde que la Contraloría General del Estado, en un informe especial, advirtió que el material utilizado en las ciclovías no tendría una duración adecuada, tanto por su calidad como por la forma en que fue colocado. Es decir, el deterioro actual no puede presentarse como una sorpresa. Hubo señales, observaciones y alertas institucionales que debieron activar decisiones oportunas.

Lo más triste es que este caso no ha sido invisible. Ha pasado por escritorios, informes, reuniones y competencias institucionales. Algunos funcionarios, incluso, han conocido el caso desde distintas funciones públicas, viendo regresar el mismo problema una y otra vez sin que se active una respuesta suficiente. Sin embargo, ni siquiera parece haberse hecho lo mínimo indispensable: pedir una actualización administrativa del caso, conocer el estado real de las gestiones entre las carteras responsables, exigir información técnica clara y comunicar a la comunidad una ruta concreta de solución. Cuando una comunidad espera durante meses sin respuestas, el silencio también se vuelve una forma de abandono.

Desde las esferas burocráticas resulta fácil cuestionar la falta de participación o interés de la comunidad en mejorar las condiciones de una infraestructura pública. Pero la realidad en Santay es distinta: cuando las respuestas institucionales no llegan, la comunidad intenta sostener su territorio con lo poco que tiene.

En medio de esta larga espera, pobladores de Santay han realizado trabajos por iniciativa propia en algunos sectores de la ciclovía, sin recursos estatales y con enormes limitaciones materiales. Ese esfuerzo no debe ser mal visto. Al contrario, demuestra compromiso, organización y sentido de pertenencia. Pero también revela una situación preocupante: una comunidad no debería verse obligada a asumir, con sus propios medios, tareas que corresponden a una obra pública.

También preocupa la seguridad. Mientras en otros espacios se discute cómo fortalecer la protección de las áreas protegidas, en Santay, a pocos cientos de metros de Guayaquil y Durán, dos ciudades densamente pobladas y centrales para la vida económica del país, una comunidad sigue esperando respuestas concretas. La seguridad no puede ser un discurso lejano cuando los habitantes, visitantes y guardaparques enfrentan riesgos cotidianos derivados del deterioro, el abandono y la falta de vigilancia suficiente.

El turismo comunitario no puede seguir paralizado indefinidamente. Muchas familias han construido, con esfuerzo y constancia, una forma honesta de recibir visitantes, contar su historia y mostrar el valor de vivir en un área protegida. Cada día de cierre significa menos ingresos, menos oportunidades y más incertidumbre.

Es comprensible que existan problemas técnicos, administrativos o presupuestarios. Pero lo que no resulta aceptable es que la espera se prolongue sin información clara, sin plazos públicos y sin una hoja de ruta visible para la reparación y reapertura segura del acceso.

Santay no puede seguir esperando mientras la vida comunitaria, la educación y el turismo se mantienen detenidos. Las instituciones responsables deben informar con transparencia qué se ha hecho, qué falta por hacer, quién tiene la competencia directa, qué acciones de control se han iniciado y cuándo se devolverá a la comunidad y a la ciudadanía un acceso digno, seguro y funcional.

La conservación no puede sustentarse únicamente en discursos. Necesita decisiones, mantenimiento, presupuesto, coordinación institucional, seguridad, control público y respeto por la gente que vive en los territorios protegidos.

Santay ya esperó demasiado. No es posible que un proyecto estatal, creado para conectar y beneficiar a una comunidad, termine convirtiéndose en su calvario.

José Delgado Mendoza, Gestor Cultural y Ambiental. Director del Observatorio de Santay

Fotos: Wladimir Torres

Este contenido ha sido publicado originalmente por EL COMERCIO https://www.elcomercio.com/cartas/cartas-a-quito-22-de-julio-de-2026/